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19N: Jornada con reflexión e influencias en Twitter

En el artículo 144 de la Ley Orgánica 5/1985 del Régimen Electoral General se recoge que “serán castigados con la pena de prisión de tres meses a un año o la multa de seis a veinticuatro meses” quienes realicen “actos de propaganda una vez finalizado el plazo de la campaña electoral”.

La conocida como Jornada de Reflexión se implantó en nuestro país para evitar incidentes entre simpatizantes de los diferentes partidos políticos y sobre todo propiciar un voto “sin influencias”.

En el año 1985, cuando se aprobó nuestra actual ley electoral, en España sólo un grupo de físicos de altas energías de seis Centros Académicos y de Investigación estaban conectados en red. Hoy somos más de 27 millones de internautas, hay 15 millones de usuarios españoles en Facebook y más 3 millones de “twitteros”*.

Este 19N, estoy seguro de que los perfiles oficiales de los principales partidos y candidatos quedarán silenciados. ¿Pero la Junta Electoral perseguirá los “tweets” de militantes y simpatizantes?

Imagino a magistrados y catedráticos tropezándose con su toga en “muros” y “timelines” en su tarea de mantener la objetividad y transparencia del proceso electoral.

Las redes sociales seguirán siendo, como en las últimas semanas, el paraíso de la opinión política. Ese gran foro de discusión en la que las armas son las palabras y la batalla se decide entre eslóganes e idearios de partido.

Los medios de comunicación abrirán sus informativos con las concentraciones de indignados, que como ya ocurrió en las elecciones autonómicas, reflexionarán de forma colectiva, crítica y en ocasiones contradictoria en plazas de toda España.

Mientras en las redes sociales se compartirán libremente argumentos a favor y en contra de ese, este o aquel candidato, se recordarán los errores de uno y otro bando, aparecerán las fórmulas mágicas que necesita el país….y al final alguien pedirá el voto.

Hasta el proceso más importante de nuestra democracia está marcado por lo absurdo, la comedia de un país de pandereta.

*(Datos Nielsen Mayo 2011)

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La indignación justificada

Ha ocurrido lo impensable. Mientras España asume los mayores recortes de la historia y Grecia se hunde bajo las tumbas de sus filósofos inmortales, algunos de nuestros políticos se han perdido entre los anillos de Saturno. Prefiero decir que no son de este planeta, que asumir que se han unido a la moda usurera del banquero.

Bombardeados por mensajes de hundimiento económico, de responsabilidad ciudadana, de aumento de impuestos, de recortes presupuestarios en servicios básicos…la sociedad civil está dispuesta a hacer esfuerzos. Pero nos faltan líderes y ejemplos políticos y nos sobra combustible para el incendio del 15M.

Estos días de tomas de posesiones y “juras bíblicas” vemos estupefactos como algunos de nuestros políticos viven en una realidad paralela. No hablo de economía, es una cuestión de gestos de decencia.

No podemos tolerar que las primeras decisiones de varios de nuestros alcaldes y presidentes autonómicos tengan que ver con la subida de los sueldos del gobierno de turno, la liberalización de más electos o el aumento del número de “asesores de dedillo”.

No soporto las justificaciones basadas en las cuentas saneadas, los remanentes positivos de las cuentas públicas, las reestructuraciones de gobierno o una buena gestión de los recursos económicos. Me indigna escuchar que en el debate político en torno a la crisis se apunte con la tijera a materias intocables como la sanidad, la educación o los servicios sociales.

Pagaré más impuestos, trabajaré más por menos y asumiré unos peores servicios públicos pero no estoy dispuesto a ver como el dinero público financia sueldos inflados en la administración, mantiene competencias duplicadas o reparte subvenciones a dudosas (cuando no rechazables) causas de sectarismo y capirote.

Hagan su propia lista; aeropuertos sin aviones, alcaldes con sueldos más altos que el del propio presidente del Gobierno, pseudo-embajadas nacionalistas, comunidades autónomas miopes ante las necesidades sociales, políticas de “autobombo marketiniano”… ¿todavía hay alguien que no entienda la indignación?

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Indignados activistas, indignación “cool” y los que no se indignarán jamás

Miles de jóvenes han trasladado a las plazas de toda España la inquietud y el enfado que desde hace meses se mueve en las redes sociales. El movimiento 15M ha conseguido la atención y complacencia de los medios de comunicación. Cuentan con la simpatía de gran parte de la sociedad, pero a la vez son ignorados por la izquierda, repudiados por la derecha e insultados por el “TDT Party”. Los
indignados han conseguido una ola de reflexión en los grupos de amigos, las tertulias familiares o el café mañanero de los compañeros de trabajo.

Ese ha sido su gran éxito, han despertado el interés ciudadano por la política. Han demostrado la capacidad de la sociedad para ser crítica y construir su propio futuro.

Una de las numerosas asambleas del movimiento 15M en la Puerta del Sol - Madrid

Ellos han conseguido el gran foco, pero las redes sociales y muchos pequeños foros públicos ya hervían cuando se rescató a las entidades financieras mientras sus “gurús” cobraban primas multimillonarias, cuando se aprobaron verdaderos recortes al estado del bienestar, cuando los trabajadores empezaron a ver como bajaban sus nóminas y menguaban sus derechos o las múltiples ocasiones que algún dirigente privatizaba un servicio sanitario o cedía suelo para la educación “influida”.

Mis indignados no estuvieron en Sol cuando denunciaban a golpe de teclado la falta de respuesta de los gobiernos democráticos ante la represión de la “primavera árabe”. No ocuparon la portada del periódico de la mañana cuando soplaban las velas de la Flotilla por la Libertad de Gaza. Ninguna emisora de radio abrió el informativo cuando señalaban horrorizados el incremento del precio de los cereales o el inicio de una nueva catástrofe humanitaria en África.

Las conciencias activas de la sociedad llevan meses acampadas en las plazas de Facebook, en asambleas diarias en Twitter, agarrados a manifiestos de miles de blogs escritos por anónimos indignados. Ciudadanos críticos que están trasladando la defensa de los valores de libertad y justicia a su vida, a su profesión o a su entorno. Que creen en la democracia, que votan y que buscan el cambio de rumbo desde el activismo social. Ciudadanos que crean asambleas
vecinales, que se convierten en militantes críticos de los grandes partidos, que denuncian desde el tejido asociativo, que normalizan las “realidades rechazadas”, que promueven iniciativas legislativas populares, que colaboran con proyectos de periodismo humano, que reclaman ante la administración sus derechos, que se convierten en voluntarios y cooperantes o que simplemente denuncian la injusticia en los medios de comunicación.

Estos días se apunta a la clase política como los culpables de todos nuestros males, pero frente a las denuncias sobre sus privilegios está la mal llamada “picardía española”. Frente a los 2.000 acampados en Barcelona están los 50.000 culés que salieron a la calle para festejar el triunfo del Barca en la Champions. Frente a la exigencia de listas sin imputados están los 1.208.603 votos conseguidos por Camps en Valencia. Frente a los 25.000 concentrados en la Puerta del Sol están las 200 personas que reclamaron un Sahara libre en la última protesta frente a la embajada marroquí.

Indignado, pero con los que practican una indignación “cool” pasiva y sobre todo con la gran mayoría que no se indignará jamás.

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“Re-votados”, el divorcio entre ciudadanos y políticos

Cuotas de poder, juguetes rotos, incendiarios recompensados,
paracaidistas bien entrenados y algún que otro buen gestor conforman una lista
muy tonta. Un hombre de traje y una mujer con tacones de aguja intercambian
cromos por debajo de la mesa. La picardía debería de ser un delito en España.
Un periodista recibe una llamada oscura. De izquierdas o de derechas, algunos
siempre son fascistas. Un desocupado recibe su abultada nómina de cargo
público. El dedo no tiene neuronas para valorar capacidades. Una mente de
grandes ideas se queda fuera por contaminación sanguínea. Esa administración
está gobernada por una especie de dinastía monárquica. Una ambiciosa ama de
casa abandona sus tareas para señalar el polvo del vecino de arriba. Algunos
apuntan a un culpable antes de caerse. Imágenes retocadas y frases manidas
inundan mi ciudad. Parece que el enemigo está en casa. Estos días la pandemia
es de falsos oradores digitales. Realimentando a los convencidos no se consigue
difundir el mensaje. El dinero de todos no es de nadie. Yo no viajo, él lo hace
en primera. De aquellos lodos, esta deuda. Alguien ha escondido las varas de
medir. La palabra “consecuentes” ha desaparecido del diccionario. Los
comensales empiezan a estar impacientes. Se ha quemado la encuesta en la
cocina. Unos “desaforados” aseguran su futuro alejándose del banquillo
(político y judicial). “No les señales, que nosotros también tenemos” – dice el
actor frustrado. Una joven intenta decidir que opción es la menos mala. El
“vale todo” y el “y tú más” alimentan mi incredulidad. Una medida impopular
espera paciente en un cajón carcelario. Aunque nadie lo reconoce, siempre hay
un plan B. Como cada cuatro años en la radio debaten cómo se debe debatir. En
boca cerrada, no entran jueces. Se acumulan los discursos con aplausos
garantizados. Los que deciden ya se han quedado sordos. Un padre recuerda a su
hijo que en ese sobre está el poder. Alguien debería recordárselo a los que aún
creen que los ciudadanos somos idiotas.

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