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La revolución social a un par de clics

Estos días nos han bombardeado en televisión con un anuncio de una conocida marca de refrescos en el que las sillas confiesan su intento de dominar el mundo. La genial campaña publicitaria nos anima a levantarnos para luchar contra el sedentarismo y practicar deporte. Me pareció una buena metáfora del actual inmovilismo de gran parte de la ciudadanía. Recordé “la apatía de la pobreza”, aquella que observé y comprendí en mis viajes a países en vías de desarrollo. Una parálisis de ideas y acciones producida por el hartazgo. Siempre después de grandes esfuerzos, de muchas batallas perdidas por mejorar la realidad, de asumir a la fuerza que nada podía cambiar. La llegada al límite de la indignación.
Aquí en el primer mundo, nos sentimos reforzados por nuestra condición de ciudadanos con derechos. Ante una injusticia, nuestras primeras reacciones son un discurso elocuente alrededor de un café, un desahogo verbal con nuestra pareja o buscar que nos refuerce el enfado ese amigo de toda la vida. Si nos volvemos a encontrar esa piedra en el camino trasladamos nuestra indignación a las redes sociales. Si la injusticia no cesa, descubrimos a otros con nuestra misma causa. Nos organizamos, nos movilizamos, nos manifestamos, nos concentramos… y tomamos las calles. Una y otra vez. Y otra vez. Millones de voces. Todas caídas en saco roto. La resignación llega de inmediato.
La ciudadanía ha dejado de creer en las instituciones. Ha comprobado en primera persona que los instrumentos de participación no funcionan. Ha sido testigo de la toma de decisiones en contra de la mayoría. Ha comprobado que las iniciativas populares, las que más fuerza deberían tener en un país democrático, han perdido su valor.
Cuando tu indignación ya no puede crecer más se desinfla. Pero está latente en tu interior. Preparada para cuando decidas levantarte y abandonar la silla del inmovilismo. De la apatía de la resignación a la revolución social hoy sólo hay un par de clics.

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¡Váyanse a China!

Miró hacia China. Dieciséis canales de televisión manejados directamente por el gobierno. Dedicados a la propaganda de un régimen que se protege a sí mismo. Privando a sus ciudadanos de cualquier información que se salga de la rígida línea oficial. No hay argumentos diferenciados, ni posturas encontradas, ni enfoques diferentes ni debates. Sólo hay una línea continua, como en el monitor de alguien que ha perdido la batalla de la vida en una sala de urgencias. Estoy seguro que en China tendrán también sus duques “empalmados”, sus tesoreros con cuentas en Suiza, sus EREs irregulares, sus espías políticos o su mala gestión económica. No verán la luz.
Los últimos acontecimientos en España nos demuestran que los que se creían por encima de la ley y de la justicia nunca conseguirán escapar de la opinión pública y publicada. Los políticos de nuestra democracia protagonizan ruedas de prensa sin preguntas, imponen el guión para conceder la entrevista, presentan su proyecto como única posibilidad, ignoran los argumentos del contrario y califican de terrorismo mediático la pregunta incomoda. No sería necesario que medios y ciudadanos exigieran responsabilidades, si la clase política no hubiera relajado en extremo su moral. Yo les invito a irse a China.
Con sus diferentes ideologías y líneas editoriales, los medios de comunicación españoles en su conjunto, se convierten estos días en los únicos garantes de la verdad, la libertad y la democracia. Pero tomen con cautela todo lo que lean. Afinen el oído y habrán bien los ojos.
Un demócrata tiene que acercarse a la información con una visión crítica. Desconfíen del que inventa palabras para evitar reconocer la verdad. Si la respuesta es un “y ellos más”, evacuen. Huyan del que defienda sus argumentos gritando. Busquen entre la amplia gama de colores que se encuentra entre el blanco y el negro.

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“Estética democrática, realidad falsificada”

Existe un tipo de personas en el mundo que lo organizamos todo en listas. No hablo de aquellos que elaboran la lista de la compra o las tareas pendientes en el trabajo. Hacemos listas diversas; libros pendientes, articulistas de prestigio, frases a olvidar, países por visitar, conflictos internacionales…yo tengo hasta una lista de noticias que me reconcilian con el ser humano. Me gustan las listas. No se si algún día me servirán de algo, pero a menudo me descubro incluyendo nuevos elementos o regándolas con anotaciones.

Últimamente no dejo de actualizar la lista titulada como este artículo; “Estética democrática, realidad falsificada”. El último elemento incluido es la Ley de Transparencia que está elaborando el gobierno de Rajoy. Una nueva normativa que permite el silencio administrativo como respuesta negativa a la petición de información, deja fuera del control ciudadano a la Casa del Rey, tampoco nos permitirá conocer las sanciones a los jueces y regula, sin límite de valor económico, la recepción por parte de altos cargos de los “regalos de cortesía”. La nueva ley, sino se modifica en las próximas semanas, no contará con un organismo independiente que garantice el derecho a la información. Y aunque incluye duras penas a los cargos públicos que oculten o falseen datos contables ni se plantea tipificar este “nuevo” delito en el Código Penal.

Esta “realidad falsificada” recoge que estas penas serán impuestas por la propia administración. Lo que se denomina “auto-castigo” y “auto-control”, un nuevo “Juan Palomo” para los gobernantes españoles inundados de casos de corrupción – que siguen sin pagarse en las urnas– y de una mala gestión que nos ha llevado al desastre económico que hoy sufrimos, sólo los ciudadanos.

En esta persecución “estética” a los dirigentes políticos que manejen de forma relajada el dinero público, ¿cuánto hay de apuesta por el buen gobierno y cuánto de mensaje al mercado internacional sobre el control y compromiso económico?

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