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El final de ETA y la reconciliación social

Forges y el fin de ETA

El anuncio de una ETA asfixiada por la acción policial abre todo un proceso de resolución de un conflicto que ha dejado en el camino a cerca de ochocientas cincuenta víctimas mortales. La gente de bien de este país aceptará, con mayor o menor ruido político y mediático, el acercamiento de presos o el fin de la doctrina Parot. Medidas de normalización que restituirán a los terroristas los beneficios penitenciarios que hoy tienen homicidas, pederastas o violadores. Los acusados cumplirán sus condenas hasta el último día y la izquierda abertzale participará del debate político desde el respeto a las normas fundamentales de nuestra, imperfecta pero valiosa, democracia.

Es fundamental enterrar el pasado y romper el prisma de una sociedad secuestrada e influenciada por la terrible sombra de la violencia. Desaparecerán los férreos controles de la Guardia Civil en las carreteras de Euskadi y se apagará la voz de aquellos que cantan todavía hoy el “Eusko gudariak” en las fiestas del pueblo. Dejaremos de pensar que el que lleva una Ikurriña es terrorista y que la bandera española es símbolo de la ultraderecha. No entrarán más las escopetas por la ventanilla de los coches y la palabra “España” dejará de estar prohibida en las parroquias. La policía nacional y autonómica no tendrá que esconder su rostro y la opción independentista ya no se relacionará con la barbarie. Reclamaremos que los responsables de trescientos asesinatos sin resolver se sienten en el banquillo y condenaremos a aquellos que sin el amparo del estado de derecho hayan sobrepasado los límites en la detención o el interrogatorio de un violento.

Somos todos nosotros, de cualquier ideología e identidad territorial, los que debemos reconocer y abrazar a las víctimas, acabar con años de silencio ante su dolor, ser generosos en el perdón y enterrar para siempre  un odio incompatible con la democracia y la paz.

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Guerra Civil de Papel

Esta semana se ha vuelto a visualizar la realidad de nuestro país. Esa que permanece dormida y aletargada hasta que algún acontecimiento político y social la despierta enfurecida. Como a muchos les gusta decir en sus mediocres discursos, “las dos Españas” se han presentado sin disfraz ni artificio en las páginas de los periódicos nacionales y en los debates de radio y televisión.

No tengo conocimientos suficientes para valorar si el proceso abierto por el juez Baltasar Garzón para abrir las fosas comunes es “judicialmente y procesalmente correcto”. Desde mi experiencia personal sólo afirmo con rotundidad que es moralmente loable.

Precisamente estos días, se cumple un año desde que desarrollé el reportaje “Abrir fosas para cerrar heridas”.

Fosas comunes del franquismo. Foto: Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica

Este trabajo para la Cadena SER, me acercó la realidad de muchos españoles que no conocen el final de la vida de sus abuelos, padres o tíos. Sólo quieren reparar su dignidad y recuperar los restos de sus familiares de las cunetas de cientos de carreteras. Les asisten los Derechos Humanos y en ningún caso buscan abrir heridas, al contrario, quieren cerrarlas y vivir en paz.

Mientras los periódicos españoles libraban su propia “Guerra Civil de Papel”, desde el extranjero, grandes referentes del periodismo como “The Guardian” o “Süddeutsche Zeitung” defienden el trabajo de Garzón. La comunidad internacional pone de relieve que es la extrema derecha la que ha sentado en el banquillo “al juez más activo contra los poderosos de toda ideología”. (Así lo resumió El País)
Garzón no es el único elemento potenciador de esta nueva Guerra Civil de Papel. Los nacionalistas tienen si caben más realidades estos días para apoyar “su causa”.
La Audiencia Nacional ha absuelto a los cinco directivos del diario “Egunkaria” acusados de pertenecer a la organización terrorista ETA. Casos como este nos demuestra que nos queda mucho por aprender –nacionalismo y libertad de expresión no es igual a apoyo a la violencia- y sobre todo enseñará a muchos a ser cuidadosos a la hora de posicionarse.  El 10 de abril de 2003, se celebraba en Madrid la VII Edición de los Premios de la Música, y Fermín Muguruza recibió un galardón por la ‘Mejor canción en Euskera’. En su discurso, apoyó a los trabajadores del diario en euskera clausurado, a cambio recibió los silbidos de multitud de artistas, los mismos que estos días se muestran como defensores de la libertad.

Si a todo esto le sumamos la indecisión del Tribunal Supremo sobre el Estatuto de Cataluña, tenemos suficientes justificaciones para aquellos que afirman que los jueces de este país están politizados. Y una realidad; la justicia no está ejerciendo exclusivamente de árbitro.

Los periódicos españoles están librando su propia Guerra Civil. La derecha, la izquierda, la ultraderecha, los comunistas…utilizan casos como la acusación al juez Garzón como arma arrojadiza de un resentimiento que afortunadamente la mayoría de los ciudadanos no sentimos.

Lo que más me preocupa es la facilidad con la que las nuevas generaciones se suman a uno u otro bando, en la mayoría de las ocasiones sin conocer nuestra historia o simplemente la verdad. Ninguno somos ya herederos directos del dolor que la Guerra Civil trajo a este país. Somos hijos de la transición y este es el equipo en el que deberíamos estar jugando todos.

La libertad que nos regaló la democracia es la única idea por la que deberíamos luchar. Espero que todo quede en el “Papel”.

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De Aguirre a Laporta; El “naciomalismo” contra el “españomalismo”

Si fuera vasco o catalán yo sería nacionalista, pero nacionalista de los que aman y protegen su cultura y su idioma. Soy madrileño de nacimiento, andaluz de sentimiento, vasco de vocación y ciudadano del mundo por obligación.

Los españoles deberíamos de sentirnos orgullos de tener un país con diversidad de lenguas, cultura, gastronomía, música, tradiciones e incluso formas de ser. Esto nos enriquece como país y es apasionante reconocer y disfrutar de estas diferencias que deberían unirnos.

En los últimos años el crecimiento de la inmigración ha puesto de moda en los discursos políticos y mediáticos palabras como convivencia, diversidad, integración, interculturalidad…términos que deberían aprenderse y memorizar aquellos políticos que se califican así mismos como nacionalistas (mal entendidos).

Estos “naciomalistas” son los culpables de un alejamiento cada vez más evidente entre catalanes o vascos y el resto de españoles.

La naturalidad con que los vascos, de cualquier ideología política, se refieren a España como el Estado o la fobia que tienen a la bandera que debería unirnos a todos, son ejemplos significativos de un lenguaje-discurso político que hay ido calando poco a poco en la sociedad.

Las leyes de supuesta protección del catalán o los referéndums artificiales de independencia se ponen sobre la mesa junto a lo que los “naciomalistas” califican de una cultura catalana amenazada por el estado español. Alguien debería explicarles que el único peligro que hoy tiene el catalán son ellos mismos consiguiendo un rechazo general de la sociedad.

Un rechazo avivado por aquellos otros “españomalistas” que arrojan a unas comunidades autónomas contra otras buscando un beneficio político y desde un discurso claro de nacionalistas contra nacionales.

La última “españomalista” sonada ha sido Esperanza Aguirre con sus medidas de protección de la fiesta nacional en pleno debate catalán sobre el mundo del toro, casual y necesario por supuesto. Todo el mundo sabe que los toros están en peligro de extinción en Madrid…analizado por Iñaki Gabilondo en Cuatro.

Joan Laporta, presidente-político del Barcelona, ha participado activamente en la asamblea de la formación independentista Reagrupament, unos “naciomalistas” que recogen en su programa electoral la derogación de la oficialidad del castellano, crear un ejercito catalán, una agencia de inteligencia y hasta una constitución catalana.

La mejor respuesta al señor Laporta se la ha dado hoy el presidente del Congreso, José Bono en la Universidad Carlos III de Getafe.

Normalmente comparto poco con el discurso de este barón socialista, pero ha utilizado una palabra que me ha conquistado; “disparate”.

El disparate se convierte en vergüenza en esta situación de crisis económica. Los gastos de las embajadas catalanas en el extranjero o la financiación extra del cine catalán debería utilizarse para políticas de creación de empleo, beneficios fiscales para la implantación de nuevas empresas o nuevas medidas de protección a las familias en desempleo.

Los vascos, los catalanes, los gallegos, los andaluces, los madrileños compartimos las mismas preocupaciones e inquietudes y nada tienen que ver con estos debates artificiales.

Conozco a gente que nunca elegiría pasar sus vacaciones descubriendo el País Vasco o Cataluña pero también he visto el odio que algunos tienen a España viviendo en ella.

Ni los “naciomalistas” ni los “españomalistas” han conseguido que yo deje de amar cada rincón de mi país.

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